Volver al origen.

En el año 2017 mientras preparaba la residencia en el profesorado para recibirme, mi viejo «Juanca» (actor fundamental de toda historia), me avisa que estaban recibiendo proyectos para abrir cursos nuevos en el colegio Santa Clara de Flores (Zuviria y Varela). Lugar donde había realizado toda mi primaria (y corrido por sus pasillos desde muy pero muy chico). Volver ahí era una mezcla de sensaciones porque nunca fui un alumno aplicado sino todo lo contrario. Pasaba los limites, me copiaba de mis compañeros, tenía el cuaderno lleno de malas notas. Era amigo de la directora de tanto que iba a la sala de dirección. Pero muchas de las amonestaciones eran por quedar en el medio de peleas de otros compañeros. A veces veía algo que me llamaba la atención por algo injusto y entonces, intercedía en la situación. Un poco era por ser hijo de abogado, otro por irritarme ante una injusticia, pero sobretodo, sobretodo, porque me gustaba el conflicto. El quilombo.

En el colegio, “en la nocturna”, me aceptaron el proyecto. La condición era que debía llegar a un mínimo de alumnos para poder abrir el curso, pero que también debía sostener ese número durante el año. El colegio se llama Santa Clara, es un colegio privado ubicado a dos cuadras del Hospital Piñeiro. Es un barrio que conozco bien porque nací ahí. Y vi su transformación. Flores fue quintas de ciudadanos de mucho dinero. Luego paso a ser un proyecto de comunidad con sus casas municipales, plazas y colegios. A partir de los 60 comenzó a llover inmigrantes de países fronterizos y asiáticos como Japón y Corea. Sumado a los inmigrantes españoles e italianos. Luego llegaron de Peru y Bolivia. Flores es un crisol de culturas, un lugar con mucho movimiento ascendente. Flores siempre fue un lugar enigmático, contradictorio y con una poética callejera propia. Y ahí era donde volvía después de más de diez años.

El primer año fue mucho más difícil de lo imaginado. El barrio en esa zona no tenía movimiento de espacios artísticos. Un barrio de comerciantes, de mucho vecino golondrina y de muchas casas donde sus hijos se habían mudado a otros barrios. Como yo. Pero ahora me encontraba en tratar de proponer algo que el barrio no estaba acostumbrado. Gracias a alumnos valientes que confiaron en mí, se logró hacer algunas escenas de comedia para fin de año. La muestra salió… correcta. El proyecto se estaba materializando. El patio donde jugaba de chico, con una pelota de papel y cinta scotch, de mancha, de la bolita, de los palitos de queso, se transformaba en un escenario donde circulaban conflictos y personajes. Ahora yo preparaba las condiciones, el encuadre para que sucedieran todos los conflictos sin que eso termine mal. No había amonestaciones ni malas notas en el cuaderno de amonestaciones. Había aplausos. Había sonrisas, fotos y esa posibilidad que ofrece el teatro de transformarse como persona al entrar en la ficción.
El segundo año lo inicie con actitud soberbia. Confiaba demasiado en que iba a sumar muchísimas personas. Pero los alumnos del año pasado no seguían. Bueno, todos no. Seguía una sola: La gran Teresa Furlan (quien sigue constantemente desde hace siete años…). Luego se sumaría avanzado el segundo año un alumno que había comenzado junto a Teresa: Carlos Delosanto. De quienes aprendí (y aprendo) muchísimo gracias a nuestros debates en (y fuera) clase: En los cafés que nos regalamos año a año. Ese marzo y abril del 2018 fue difícil y apareció una crisis que no veía venir. No sabía cómo convocar más personas. Tenía que adaptarme a las redes. Fue ahí donde nació el nombre “Flores Teatrero”. Empecé a investigar sobre difusión y entonces todo fue en ascenso. Se sumaban personas de Flores, Caballito, Floresta y Parque Avellaneda. Se realizó una muestra de mitad de año que afianzo al grupo y logro sostenerlo hacia la muestra de fin de año. El proceso finalizo con una adaptación de Moliere: El gran porteño. Eran 10 alumnos. Muchos que serían la base para los próximos años con pandemia incluida.

Durante el 2020 y 2021 no detuvimos la marcha. Todo lo contrario. Busque adaptar todos los ejercicios a la virtualidad. Algunos fallaban en el camino. Recuerdo los rostros de los alumnos dándolo todo para que funcione, pero a veces me miraban como diciendo “che, este juego es imposible por Zoom”. Bueno, hicimos tres muestras. Commedia dell arte, realismo, grotesco. Fue muy divertido. Fue un pilar clave para sortear la pandemia. Porque fue jodida, lo sabemos. Pero ahí estábamos haciendo teatro, sosteniendo los vínculos a través del juego. Cuando en las discusiones de docentes se planteaba que el teatro virtual no funcionaba, al apagar la computadora me quedaba pensando “Che, a mi me funciona. A ellos le funciona… ¿Por qué no creer en esta nueva forma? Y entonces yo defendía el zoom teatral, los trataba de convencer. Un salto de fe. Y ellos me creían (¡o lo disimulaban muy bien!).

Hoy, con todo el camino recorrido, creo que Flores teatrero es la síntesis de poder visualizar y crear un proyecto cultural en un territorio donde eso antes no sucedía. Aprovechar los recursos que ofreció el barrio, el colegio, la tecnología y el teatro en sí mismo con esa gran capacidad de adaptarse a cualquier contexto. Todo para crear y potenciar un espacio artístico.
Hoy, Flores Teatrero tiene 25 alumnos, dos grupos y más de 14 muestras con 3 muestras virtuales incluidas. Pasamos por la comedia, la Commedia dell arte, el realismo y la tragedia. Ahora, también el absurdo. Flores Teatrero es comunidad artística, intercambio, y un espacio donde todos buscan tener “malas notas” para volver con una sonrisa a sus casas.
Escribió para Escenario de Reflexiones: Nicolás Carbó (Lo iba a escribir Saturnino Cardozo pero se fue de vacaciones por un mes).
